Portbou, año II

«Tú no eres de aquí, ¿no?».

A las preguntas de amigos y conocidos cuando decidí «irme» sumo, desde el principio, las de desconocidos, poco a poco vecinos, del pueblo.

«¿Eres policía o de la Renfe?». La más frecuente, con una naturalidad pasmosa: se da por sentado que nadie se muda a Portbou porque quiere. «No, no; trabajo en casa» (gesto de sorpresa). «Soy de Mataró; este rincón es maravilloso. ¡No sabéis lo que tenéis!». (El subsiguiente «¿Y a qué te dedicas?» merece un escrito aparte: me persigue desde que empecé. Hace poco me salió responder, para simplificarme la vida: «A cosas de internet» 😄).

«¿Y vives aquí todo el año?». Voy para mi tercer invierno y no sabría expresar un SÍ más rotundo: fuera de temporada es cuando más a gusto me encuentro. Me encanta el verano, obviamente: por el clima, las horas de luz y porque hay más ambiente. Pero el resto del año es, para mí, una suerte. Quizá porque es lo que necesito ahora: hablar todos los días con las olas en un lugar «perdido» en el que nadie me va a molestar. En verano, cuando más gente hay, me piro. Y aunque tenga momentos y momentos, no, no me siento sola. Nunca me he sentido tan en paz.

«¿Estás para quedarte o de paso?». Pregunta del todo lógica en un pueblo fronterizo a las puertas ya no solo de Francia, sino de Europa. Como con el «para siempre», sigo sin saber responder, porque lo que siento es que estoy de paso esté donde esté por mucho que sepa, o por lo menos intuya, dónde me quiero «establecer». Al final, algún día me iré. Y no soy la única.

«¿Y cómo has acabado en este pueblo?». Frente a las verdades espinosas, el ingenio se agudiza: «¿Y quién te dice que no empiezo?».

También me cruzo con más de un vecino que en dos años no me ha visto y me pregunta si vivo aquí. Soy un fantasma: objetivo cumplido. Uno de ellos, ya mayor, incluso me dice: «¡Bienvenida al país de los viejos!». Me abstengo de contarle que me he jubilado a los treinta y cinco; ya doy bastantes motivos para que piensen que estoy medio loca. De todos modos, nadie lo va a entender.

Portbou, año III: bienvenido. Sorpréndeme 🙃.

📸 Fotón (robado) de @qpalberto. #gracias💙

💙

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A veces me pregunto qué es más bonito, si el clickamino en sí mismo o lo que inspira a los demás.

Hoy @rosana.roma_ y su familia han aportado a la historia de mi vida un montón de material valiosísimo con el que ya no juegan, para que yo lo pueda aprovechar. Y por mucho que cuente la historia que hay detrás, nadie se hace una idea de lo que llega a representar.

Volver a escuchar a mi niña me salvó la vida. Y somos tantos los que estamos igual que solo pienso en seguir animando estas piezas para volver a disfrutar y, cuando llegue el momento, ayudar a otros a hacerlo en un espacio que invite a ello, en el que los niños que seguimos siendo y un día encerramos en un armario se sientan seguros e ilusionados por volver a jugar.

Mientras me recupero primero para poder hacerlo, el camino se va abriendo. Me gustaría transmitiros que si me emociono es porque no son muñecos; para mí representan todo aquello que llegué a dar por perdido y me costó demasiado reencontrar.

A quienes contribuís de tantas y tantas maneras a esta realidad que un día fue sueño, gracias de corazón por formar parte de esto. Mientras las fotos me persigan, las seguiré haciendo, porque el @clickamino tiene muchísimo que contar, y cada vez más clicks que regalar.

#GRÀCIES, @judit.15 i família!!! 💙🙏🏼

Que te jodan

Todavía me asaltan las veces en que me hiciste dudar. Supongo que hay cosas de las que una nunca se recupera.

De que compartas con alguien tus sueños y los eche del todo por tierra.

De que se aproveche de tu confianza y vulnerabilidad.

De que proyecte en ti sus propias miserias.

De que solo mire por sí mismo aun sabiendo en qué situación estás.

De que te humille y te haga pequeña porque no soporta lo que consigues. Lo que eres.

De que vuelva a contactarte pasado el tiempo como si nada. Como si no hubiese casi acabado contigo. Cuando no tocaba. Como si te creyera tan imbécil como para volver atrás.

Una perdona para soltar cargas. Pero no es idiota. Y menos aún cuando le ha costado la vida recuperar su propia dignidad.

Ahora sé que tienes mil nombres y que no estás muerto. Me ha costado mucho entenderlo. Pero te he dejado atrás hace tiempo. Y lo mejor es que estoy consiguiendo todo aquello a lo que quisiste hacerme renunciar. Casi te creo.

Ni siquiera deseo que lo estés viendo. Aunque sé que lo harás. ¿Y sabes qué? Que me alegro. Ojalá te ciegue la luz que quisiste apagar.

Yo sigo andando y abriendo camino. A mi manera; a mi ritmo. Y me respeto como tú nunca hiciste porque ni siquiera te aguantas a ti mismo.

Hasta agradezco haberte puesto cara para no volverte a olvidar. Tenía que vérmelas contigo. Ahora estoy conmigo. De un modo que tú ni podrías soñar.

Que te jodan.

#esgritos

Elegí vivir

Este señor me salvó la vida.

Este señor y su equipo, del Servicio de Cirugía Gastrointestinal del @hospital_clinic, me salvaron la vida tres veces en 20 meses.

La primera fue urgente y a vida o muerte. Tras 22 días de ingreso, los primeros en la uci, salí con un apaño que esperábamos que fuese temporal. Pero el peligro seguía ahí. «Ahora que puedes volver a comer, coge peso. Necesitamos un cuerpo que operar».

Logré alcanzar los 60 kg con un esfuerzo descomunal. Soy de constitución fuerte. Jamás hubiera pensado que me costaría engordar. Tras varios meses pudiendo apenas comer y el ingreso, me había quedado sin masa muscular. Estaba, para mi estado natural, en los huesos. En cuanto me operaron y aislamos el tumor, fue alucinante: podía comer sin parar y no saciarme. Nos olvidamos demasiado a menudo de que el cuerpo sabe. Y nos empeñamos en no quererlo escuchar. Hasta que te grita un ultimátum: o tú o nadie. Y llega hasta donde tiene que llegar.

Tres semanas después me operaron por segunda vez. Bastante recuperada, esta fue a muerte o vida: sabía a qué me arriesgaba y lo consentía. Si algo aprendí desde el minuto uno fue que no podía seguir empeñada en dar lo que no tenía. Y me costó, aún me cuesta, pero lo asumí. Esa mala costumbre de dar mi vida por los demás llegaba a su fin. La anemia intermitente quiso advertírmelo durante muchos años. La de aquellos meses fue decisiva: dejad-de-chuparme-la-sangre. Recuerdo arrastrarme para seguir con mi vida aun cuando apenas me quedaba energía. Y seguir desviviéndome (sabia etimología) por todo aquel o aquello que me lo pedía. Lo entendí enseguida: ¿cómo iba a luchar por dar vida cuando estaba en riesgo la mía?

Exploramos opciones. Pero no había tiempo, ni dinero, y mi vida estaba en juego. Lo que me sobró fue lucidez. Conozco a mujeres que por querer preservar su fertilidad se arriesgaron a que el cáncer volviese a aparecer. No las juzgo. Nadie se hace una idea de lo difícil que es. Fue a muerte y vida y elegí vivir, aunque el resultado de la operación, muy compleja, no dependiese de mí. Tuve la enorme suerte de estar en manos del Dr. Lacy. #GRACIAS a usted sigo aquí.

#esgritos

💚 @hospital_clinic
💚 @amicsdelclinic

👉 La noticia de La Vanguardia, aquí.

Camino Libre

Pisé el Camino por primera vez en 2017. Solo había oído hablar, y muy poco, de «un viaje mágico» para «peregrinos» que caminaban hacia Santiago. Una locura como una catedral, vamos…

Conocía Compostela. Visité la capital gallega con veintipocos, atraída por una cultura que, en otras latitudes, me enamoró. La ciudad, por supuesto, no me defraudó. Pero jamás pensé en calzarme unas botas e irme «por ahí» con una mochila… ¡¡y yo sola!! Para la Míriam de entonces, perpetrar algo así no era un desafío: era un salto mortal al vacío. Suerte que lo dio…

Decidí irme al Camino a los treinta; cómo no, «bajo prescripción». De una semana para otra (por no arrepentirme), con lo que sabía (iba de andar, ¿no?)… y con un tesoro que descubrí entonces: Gronze.com. Pocos meses antes, había hecho saltar mi vida por los aires sin más red que casa de mis padres. Y aunque no estaba sola, yo no era yo. Odio los tópicos, pero es que es real: necesitaba encontrarme. El clickamino me salvó.

El Camino Francés, de Saint-Jean a Fisterra, fue inenarrable. Año y medio más tarde, lo recorrí al revés, y, sin pretenderlo (me fui dejándome llevar por el viento), acabé uniendo el mar y el océano. Hice el Camino Inverso con cáncer: eso lo supe después.

En diciembre de 2018 llegué andando a Mataró desde Fisterra, en forma dentro de lo que cabe. Cuatro meses más tarde me moría en la cama de un hospital, sin apenas poder comer ni respirar. Cuando pasó lo peor, el dolor me impedía hasta estornudar (¡qué fuerte!), y de incorporarme o sentarme, ni hablamos. Yo solo quería llegar al pasillo apoyada en mi palo, por mi propio pie. ¡Si apenas volvía de Galicia andando!

El Camino Adverso ha durado tres años. En él he sellado tres cirugías mayores con sus consecuencias; las peores secuelas son internas. Pero también, y sobre todo, he logrado lo que creí imposible: encontrarme. Hacer mi vida. Y superarme.

Este vídeo improvisado con fotos de mi perfil es un autohomenaje, y un agradecimiento (demasiado modesto) a quienes no salen. Sin ellos no estaría aquí. La canción la escuchaba en bucle pasillo arriba pasillo abajo. Hoy emprendo el Camino Libre. GRACIAS a todos por acompañarme. ❤

#esgritos

Caminar trazo a trazo: guías ilustradas del Camino de Santiago

Como un vendaval de aire fresco en la era viciada de Instagram, la de la tiranía de la imagen de gatillo fácil y la vacuidad, ríos de acuarela y tinta se han abierto paso en las librerías, invitándonos a reconfortar la mirada extenuada de tanta postal retocada —por toda originalidad— con filtros estándar hasta la saciedad. Nos remojamos, aquí, en uno de los afluentes: el de guías y viajes ilustrados del Camino de Santiago publicados recientemente.

Lee el artículo en Gronze.com.

Decisiones

He decidido jubilarme a los treinta y cinco.

No, no os estoy vacilando.
Sí, sigo trabajando.
Simplemente, entre muchas comillas, he constatado una realidad: toda yo quiero descansar. Estoy agotada. De ir contra mi alma. Y no voy a luchar más.

Hace como seis años que, sin saberlo, me prejubilé. Ha llovido mucho desde entonces. Y yo no he hecho más que envejecer. Cuanto menos, de todo, mejor. Menos ruido. Menos gente. Menos decisiones. Menos contaminación. Prisa, ninguna. Metas, las justas. Presión, bajo cero. Trabajo, por convicción (estoy dejando la prostitución). Y sobretodosobretodosobretodo, empezar a decir no.

Tengo grabado a fuego el día en que, con tres o cuatro añitos (sí, lo recuerdo), la maestra me castigó porque tocaba pintar unos peces y yo no quería. No sé, no me apetecía. Le dije que no quería y me castigó. Porque tocaba pintar putos peces y eso era lo que había ese día. Lloré mucho por aquella injusticia, y después me empecé a vender. Sí a todo. Barra libre de Míriam. Devora toda mi energía. Haré todo lo que me pidas aunque vaya contra mí misma. Me arrastraré. Porque decir lo que siento, según me enseñaron, no está bien.

Omitiré las atrocidades que ha llegado a tolerar mi psique como consecuencia de algo tan «tonto», que por supuesto no lo explica todo pero es un claro ejemplo de cómo NO educar. Me he pasado (con suerte) media vida siendo obediente porque había que pintar algo, en una sociedad en la que no pinto nada porque no creo en las reglas del juego. Así que el juego se ha acabado: ahora quiero vivir. Y en paz.

A lo que voy: me jubilo. Me rindo a la evidencia del que ahora es mi ritmo natural. Duermo. Escribo. Me muevo un poco. Camino. Hago fotos. Leo. Como. Contribuyo a algo en lo que creo. Apago. Recojo. Medito. Y me retiro. Por el camino, voy dejando infinitivos por si me vuelvo a desviar. Despropósitos con todo el sentido: el de mi verdad.

Un amigo, jubilado al uso, me describió no hace mucho su tranquilidad: «He renunciado a mí toda la vida. Ahora puedo dedicarme a vivirla». Yo quiero vivir hoy, que es el único tiempo real. Y tengo suerte, y también cojones: me pregunto cuántos habrían tomado mis decisiones.

#esgritos

El Depredador de la psique: causas y evolución de una mente enferma

RESUMEN

La presencia del Depredador en nuestras vidas se remonta a la noche de los tiempos. Como humanos, entender que nuestro impulso vital puede ser tan creativo como destructivo es fundamental para decidir usarlo en nuestro beneficio, desde un punto de vista individual y, por ende, social. La muestra está compuesta por la sola experiencia de la autora, lo que no bastaría para hacerla representativa si no fuera porque es compartida, en mayor o menor medida, por todos los sujetos (sin excepción) conocidos por la misma. Del método de la empatía, el autoconocimiento y la escucha activa, aplicado durante años de investigación a una experiencia vital bien nutrida, concluimos: que disociarnos de esa parte de nuestra naturaleza esencial, negándola o reprimiéndola, nos vuelve mortalmente vulnerables, pues cuando el Depredador se manifiesta en nuestro mundo externo, al no haberlo reconocido antes en nuestra propia psique, no sabemos identificarlo ni actuar para protegernos.

PALABRAS CLAVE: depredador, psicópata, psique, narcisista, manipulador.

DESCARGO DE RESPONSABILIDAD

Ante todo, una aclaración (porque en esta burbuja de etiquetas perversas lo que no tiene hashtag no existe). No me considero nada terminado en -ista, salvo dos cosas: idealista (de mierda) y artista (en potencia). Lo primero es un defecto de fábrica. Lo llevo bien; gracias. Lo segundo, como todo ser vivo que honra a la vida mediante una existencia creativa. Y en liza tengo una tercera, que hace ya mucho que me pica. Porque una puede ser pacifista, pero no ingenua. Si me tocas los huevos, cenaré tortilla. Y no de mi gallinero.


No hace mucho leí, sobre el cuento de Caperucita, que alguien había decidido reescribirlo para educar en sanar al lobo, tratándolo con amor, en el nombre del feminismo, de la no violencia o del qué sé yo. Y no es una ocurrencia aislada. No, señoras, no. (Por cierto: si escribiese «señores», ¿sería masculino o «««inclusivo»»»? Otro despropósito tan loable como absurdo; más lingüística y menos humos). Hay una tendencia que cobra fuerza en este sentido y que, pese a basarse en una premisa del todo acertada (la comprensión y la compasión respecto al agresor, víctima inconsciente de sus propios traumas), omite un matiz de vital importancia: la primera a la que debo proteger soy yo. El amor empieza por la autoprotección. Porque sin mí, para empezar, no hay nada.

Un lobo es un lobo. DEBE ser un lobo. Es su naturaleza. Y los humanos, en la nuestra, también tenemos esa faceta. Que la desarrollemos o no depende de muchas circunstancias, que en su base (las de nuestra infancia) nos son en gran medida ajenas. Cuando las circunstancias son dolorosas, nos disociamos de nuestro dolor. De TODAS nuestras emociones. Es un mecanismo de supervivencia. Pero sin apoyo y una red de resiliencia corremos, a la larga, un riesgo tremendo: el de desconectarnos irreversiblemente de la parte creativa de nuestra esencia.

La parte destructiva, el Depredador, se adueña entonces de nuestra psique y exige ser compensada por tanto sufrimiento, impotencia y frustración. Llegados a este punto, ni todos los sacrificios del mundo bastarán para saciarla. Para el odio más visceral no existe reparación posible. Como tampoco hay bien ni mal. El impulso inconsciente que lo guía, sin excepción, es el del «me deben»: atención, respeto, disculpas, reconocimiento, agradecimiento, admiración. Da igual el precio. En realidad tengo tanto miedo que solo puedo disimularlo infundiendo terror al resto.

Cuando digo que todos tenemos un depredador dentro, no exagero. Ojo: de depredador a psicópata hay un trecho. Pero si crees que no hay sombra de él en ti, entonces te lleva mucha ventaja. Aun así, hay esperanza: si leer esto te incomoda, estás a tiempo.

El Depredador es un actor nato. Disimula y manipula a la perfección. Lo tiene todo controlado. Pero una vez que lo has visto, es fácil desenmascararlo. Se esconde en lo que lo alimenta, que básicamente es mierda: hábitos de mierda, relaciones de mierda, situaciones de mierda, decisiones de mierda. Todo ello basado en creencias de mierda. De la mayor parte de las cuales, como digo, no somos culpables. Se nos llena la boca de «tóxicos»: parejas tóxicas, trabajos tóxicos y hasta amigos tóxicos. Es un gran paso para empezar, pero no sirve de nada mientras creamos que la toxicidad está fuera.

No somos culpables de lo que nos enseñaron. Pero ahora podemos ser responsables. Hacernos cargo de nuestras mierdas para no provocar, no sé, una guerra nuclear. O para evitar que nos gobierne la ultraderecha. La ultraderecha es la guardería del Depredador. Al principio hasta nos parece enternecedor, como un niño en plena pataleta. Luego empieza a ser preocupante, porque el niño en cuestión no está bien. Cuando queremos darnos cuenta, el niño es un tirano y le hemos cedido nuestro poder. Como no le pusimos límites, sabe y puede manejarnos. El Depredador se alimenta del miedo, y estamos muy asustados. Vivir acojonados o libres está en nuestras manos.

Al Depredador hay que verlo venir y encerrarlo. No abrirle la puerta jamás. Y dejar de alimentarlo. No nos engañemos: no morirá. Su sed de venganza le puede más. Educar en el amor es indispensable. Pero mi propia integridad (física, emocional y mental) es incuestionable. Eso también es amor: propio. De lo contrario, empiezas soportando insultos y normalizas palizas a diario. Porque había que ser bueno aunque te acosaran. Poner la otra mejilla aunque te apuñalaran. Ser pacifista es optar por la no violencia como prioridad. Pero no es dejarse agredir sin consecuencias: eso es una temeridad.

Para el horror de Ucrania no hay palabras. Pero nos brinda sinónimos del Depredador a patadas: matón, tirano, déspota, dictador, lunático, mentiroso, narcisista, ególatra, terrorista, genocida. Psicópata. Asesino. Criminal. Que nos sirvan para darnos cuenta de hasta dónde podemos llegar. Y para frenar lo que está en nuestra mano. PERO YA.

#esgritos

(Ilustraciones de Kukuxumusu).

Míriam

Queridos Reyes Magos:

Este año y para el resto de mi vida me pido volver a ser Míriam.

La Míriam niña, de cuando nada dolía. La que sabía lo que quería e iba a por ello: no preguntaba. La aventurera, lanzada, intrépida. La que salía a explorar, devoraba atlas, pedía diccionarios, leía hasta las tantas, bailaba y jugaba y soñaba despierta. La reportera y editora inédita. La que creía en cada paso que daba. La Míriam que ahora me tira de la manga cada vez con más fuerza e insiste sin tregua: «¡¡¡Mira!!! Era así. ¿¿¿Te acuerdas???».

La Míriam joven, que logró desplegar las alas y tomó conciencia de su envergadura por vez primera. La que empezó a viajar, a tender puentes, a saberse sabia. Habiendo aprendido de cosas que marcan. La que se cortó el pelo. La que despegó y voló a ras de suelo. La que conoció el océano. La que salió de sus mapas. La que emprendió echando ganas al miedo. La aprendiz de autónoma y adulta en prácticas.

Y, sobre todo, la Míriam mujer: la que se eligió. La que se atrevió a saltar a tiempo de aquel avión para volar con sus propias alas. La que se estrelló. Pero caminó. Y se entregó a la playa. La que me tendió la mano sin desfallecer cuando no hubo NADA. La que me abrazó cuando toda yo me desmoronaba. La que me enseñó a enseñar los dientes cuando hiciera falta. La que me parió y despedí en la cama del hospital con un «Ya pasó. Mereció la pena. Gracias…».

Os pediría la lotería (bienvenida es), pero ya la gané: estoy VIVA y BIEN. Me lo agradezco TODOS los días. Solo me pido ser yo: en las buenas y en las malas. Con todas mis capas, porque soy las tres: niña, joven y mujer. No sé qué hay después, pero ahora hay un antes. Siento que viene lo real: el durante.

Queridos Reyes Magos: he sido buena 34 años. Los que me queden voy a ser mejor: preparad el carbón. Yo lanzo el guante.

#esgritos