La libertad en verso

Hay un punto de inflexión en el duelo cuando aceptas que hay cosas que no superas jamás. Entonces puedes ampararte en la víctima o elegir transformar el vacío en una catapulta hacia la libertad.

Lo primero es muy fácil; solo hay que ser pasivo. Seguir la inercia del sufrimiento y dejarte mecer por la lástima de los demás. Es una estrategia básica de supervivencia que todos adoptamos en cierta medida al principio. Cuando algo duele hasta el infinito, necesitamos sentirnos arropados y comprendidos, expresar lo que sentimos para que no se nos quede dentro. Pocos entienden lo mucho que hacen «simplemente» con escuchar.

Lo segundo requiere dar un paso más y volver a mirar: la herida, el trauma, la propia mirada. Desempañar el cristal. Limpiar la suciedad. Romper la ventana. Arrancar la persiana. Y GRITAR. Gritar mucho. Gritar MÁS. La rabia, la impotencia, la injusticia, las ganas de hacer pagar lo impagable, todo lo que en su momento solo se pudo o se supo callar.

Entonces, el milagro sucede: uno empieza a ver lo que GANA donde solo veía lo que PIERDE. Y a los gritos de rabia se suman las carcajadas, casi indecentes, de quien siente correr por sus venas la VIDA. Y lo que el alma le pide es RUGIRLA.

Toda semilla alberga el árbol completo. Y el mayor estirón lo trae el aguacero. Cuando ya no existe la prisa, todo es cuestión de tiempo. Lo que necesitas ya lo llevas dentro: eres la semilla, el árbol, el fruto y el puto cosmos entero. Te conviertes en poesía: la libertad en verso. Deseando recitarte, te está esperando el universo.

#esgritos

La ola y el mar

Ponerse al servicio de lo vivido, especialmente cuando es traumático, se convierte muchas veces en el sentido que permite la remisión. Poder contarlo y compartir lo que se ha aprendido puede vivirse, entonces, como una misión o una maldición. Hasta que entiendes que poder decidirlo es una mera ilusión.

Vivir no es gratis, aunque no tenga precio. Subirse a la vida, aun sin haberlo elegido, implica formar parte de una fascinante red de energía que va y vuelve sin descanso, porque la vida es movimiento, y si algún sentido tiene —diría— es ser expresado. Un movimiento a menudo imperceptible: uno puede estar sentado y vibrar a la velocidad del rayo. Nada escapa, sin embargo, al sentido innato del corazón, que pese a los ridículos intentos por acallarlo siempre busca latir bien alto y acompasarse con otros de igual condición.

Vivir no es gratis, decía, porque la vida no te crea por amor al arte. O más bien sí, y lo que quiere es que la dejes modelarte y asumas tu parte: ser su canal. Porque estamos aquí para eso y ya está. Por eso nada, nada, nada es tan grave como haber olvidado esa verdad esencial. Esa herida que un día te impulsó a alejarte es la única que se puede sanar, porque es la que tira de todas las demás. El arte es lograrlo y honrar lo andado con la misma belleza que el camino te brinda, y que tan difícil es de explicar. Algo parecido a llegar a Santiago… en toda su eternidad.

Y mientras recuerdas verdades, no olvidas, pero empiezas a transformar todas las mentiras que tuviste que derribar. Porque era eso o no poder respirar. Y transformas también el impulso de desmentirlas, porque entiendes que ese camino de sabiduría y belleza infinitas es un regalo para cada cual. Así que sigues andando, pero a otro paso. La prisa ha desaparecido y ya no hay donde llegar: precisamente por eso disfrutas del caminar.

Y mientras caminas, ni te alejas ni te acercas: ahora tú eres tu punto de referencia, y en qué dirección vaya el mundo da igual. Ni siquiera vas a contracorriente porque de modas la vida no entiende: lo auténtico es excepcional.

Y poco a poco te desvaneces en beneficio de tu verdad, que expresa lo que has sido siempre: la ola… y el mar.

#esgritos

El Camino de Santiago: apuntes básicos en dos libros prácticos

Pocas sensaciones como las que transmite un peregrino al compartir, a su vuelta, sus vivencias en el Camino. Innumerables las ocasiones en que los oyentes, fascinados, ya han pensado ―más o menos en serio― en «hacerlo algún día», y en las que ese día aún no ha llegado.

Una servidora ha perdido la cuenta de las veces en que conocidos, familiares y amigos le han confesado sus miedos y dudas, alias excusas, para dar el primer paso. Y como una misma los tuvo, comprende perfectamente la necesidad de ir «sobre seguro»: El Camino de Santiago…, ¿de qué va? ¿Dónde está? Pero ¿cuántas rutas hay? ¿Y cuál hago? ¿Dónde empieza? ¿Cuánto tardas? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué necesitas? ¿Dónde duermes? ¿Cómo te preparas? ¡¿Y si te pierdes?!

Cierto es que, después, uno se da cuenta de que no era para tanto. Pero en ese momento desconoce demasiado, y requiere un empujoncito con información básica de primera mano. ¿Cuántos caminos no se habrán vivido por no haberlo recibido? Estremece pensarlo, pues la experiencia lo merece. Y a pesar del manido «en internet está todo», los románticos resistimos: no hay nada como un buen libro. O sí: dos. Y de reputada pluma: mejor que mejor.

👉🏼 El artículo completo, en Gronze.com (aquí).

La voz

Lo reconozco: aún te siento. A veces. Las menos, pero son. Como una arruga persistente en el tejido del corazón.

No hace mucho se me ocurrió un truco: por cambiar, probé a escucharte. Nunca lo había logrado. Me faltaba tiempo para juzgarte. Por inercia, como tú haces. Pues esta vez no. Y aprendí algo muy importante: la mejor manera de acallar una voz de mierda es dejarla expresarse. Sin argumentos. Para que caigan por su propio peso.

«¿Qué más?», respondí a cada hachazo. Tú pensabas que me astillabas; yo sabía que estaba brotando. A cada golpe, yo me abría paso. Talaste el tronco, pero no el árbol. Eres como una arruga por viejo, pero ser viejo no te hace sabio.

Sabiduría es sentir que formas parte de mí e integrarlo. Convivir. Frente al terreno estéril, renacer al lado. Del tronco cortado. Y seguir creciendo más allá de mi cuerpo. Observándote sin temerte. Llevándote yo de la mano. Aceptando que me acompañas. Y que me has hecho muchísimo daño. Pero ya no me arrastras. Ni yo tiro de ti. Eres la sombra que camina a mi paso. Yo decido cuál es. Tú vienes después. En adelante es así.

Ya no hay abismos, ni agujeros, ni barrancos. Me asomé al peligro lo necesario para apreciar el sentirme a salvo. He apagado todos los fuegos. He acallado gran parte del ruido. Me he entregado al caos ordenado. Aún huele a quemado; hay interferencias; tengo sobresaltos. Pero la vida sigue de cualquier forma posible, y aún me quiere aquí. Así. Remendada y vuelta del revés como un calcetín desparejado; viviendo según aprendo y como nunca me enseñaron. Libre. Salvaje. Feliz.

De nada me alegro tanto como de haber saltado de aquel tren en marcha, con todos los apesardes. Entonces no lo sabía, pero sentía que necesitaba encontrarte, ponerte límites, afirmarme. He hecho lo más difícil: sobrevivirme. Ahora voy a regalarme.

#esgritos

«3 caminos»: crítica de una joven peregrina

Los pringados de la generación perdida estamos salvados, pues parece que gracias a la serie 3 caminos vamos a poder encontrarnos. La producción de Ficción Producciones y Beta Films, subvencionada por la Xunta de Galicia y el Xacobeo y con la colaboración de otras administraciones, nos pone en bandeja la santa indulgencia invitándonos a peregrinar en plan cool: arregladísimos y en albergues monísimos. Sin deshacer apenas la mochila y sin sudar la camiseta. Todo estupendísimo.

Ante el descarado objetivo de captar jóvenes peregrinos utilizando el Camino como telón de fondo sin espíritu alguno ni la mínima inspiración, una servidora (joven y peregrina) solo puede plantarse y escribir bien alto: POR AQUÍ NO.

Pero este escrito no es para los productores. Es una advertencia para los potenciales peregrinos (¿o hablamos de consumidores?), especialmente los jóvenes, que vean 3 caminos y se planteen echar a andar. ATENCIÓN, SPOILER: la serie no solo es mala, sino que es un cúmulo de despropósitos. El Camino no se la merece, ni vosotros que os traten de imbéciles.

👉🏼 El artículo completo, en Gronze.com (aquí).

La conquista

En nuestra guerra sin cuartel te cedí el reino de mis entrañas. Y mientras lo devorabas riéndote de mí a carcajadas, te asedié en él. Perdí la plaza, pero gané un mundo: me conquisté.

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Ser valiente

Dicen que ser valiente no es no tener miedo, sino tenerlo y hacerlo igualmente.

Ser valiente es abrir los ojos y mirar de frente. Mirarse. Y querer verse.

Ser valiente no es de superhéroes. Ni de personas fuertes.

Ser valiente es asumir tu poder y decidir. Es ser responsable. Es dejar de esperar que las cosas pasen.

Es entender tantas otras como lo que son: rituales de iniciación. Los Reyes Magos, la religión. El Camino de Santiago. El amor.

Es comprender que los valores que hoy nos mueven han desvirtuado esos rituales sagrados. Nos hemos perdido en la forma; peligra el significado.

Depositamos la fe en algo externo, en una experiencia, en un contexto… que en realidad señala hacia dentro. Hacia todos nuestros estados internos, especialmente los que nos gustan menos.

Aprendemos que merecemos o no merecemos, que si no nos perdonan vamos al infierno, que para ser feliz hay que esforzarse y sufrir. Hasta que duele tanto que ves que no puede ser por ahí.

Ser valiente es desaprender todo lo que esperabas de ti. Es dejar de esperar de la vida, del trabajo, de los amigos, del ser amado. Es darte cuenta de que nada te será dado porque ya lo tienes aquí.

Ser valiente da miedo porque no estamos acostumbrados. Porque aún no hemos entendido que somos todo lo que necesitamos.

El Camino, los Reyes Magos… son primeros pasos. Te recuerdan algo: existe una cosa llamada magia que da resultado.

Ser valiente es no quedarse ahí. Es comprender que confiar en la vida, en la magia, es confiar en ti. En que eres capaz de procurarte lo que haga falta para satisfacer tus necesidades. Y en que aprenderás lo que necesitas si todavía no sabes.

El mejor regalo que te harás jamás se llama amor propio y está en tus manos. Ser valiente es querer cultivarlo.

#esgritos

«Los sueños se cumplen y de eso se encargan ̶P̶a̶p̶á̶ ̶N̶o̶e̶l̶ ̶y̶ ̶l̶o̶s̶ ̶R̶e̶y̶e̶s̶ ̶M̶a̶g̶o̶s̶ las personas valientes».

El viaje

Es como un calambrazo:

Ya está.

Ya pasó.

Me he visto.

Por ahí pasé yo.

Como un rayo, la realidad te sacude de vez en cuando y te deja clavado en algún rincón.

Es una sensación y no entiende de metas, de lugares ni de calendarios. No responde a los fines de año. Los ciclos auténticos se viven dentro y tienen sus propios tiempos. Somos su resultado.

Cuando empezó la pandemia lo sentí tan claro… Un año antes, ya lo entendí. No fue coronavirus, pero me tocó a mí. No importa cómo se llame: es el camino de vuelta a ti cuando te diriges a ninguna parte. La tragedia ha venido a invitarte: a recordar lo verdaderamente importante, a tomar perspectiva, a volver a centrarte. Es tu viaje. ¿Adónde quieres ir?

Yo decidí seguir adelante, hacia dentro, habitarme. Explorar ese lugar del que llevaba toda la vida escapándome. Si tenía que reconstruirme entera, solo podía empezar por ahí. Un año después, como es dentro es fuera porque por fin comprendí que no hay otra manera.

De ahí la certeza. De que vivimos lo que necesitamos para evolucionar. Y de que cuanto más duele más hay por sanar. Si nos escuchamos, lo haremos. Si nos escuchamos bien, sufriremos menos. Algo me dice que vamos bien. Estamos aprendiendo.

* * *

Querido 2020: tú y yo sabíamos que lo íbamos a conseguir. Por eso aposté fuerte. Por fin estoy aquí.

#felizvidaatodos❤ #esgritos