Bitácora

No sé si me lo merezco

A menudo me dicen, porque he pasado por un cáncer, que me merezco estar bien. Que me lo he ganado. Que tengo que disfrutar de la vida y de las decisiones que he tomado. Y no me gusta oírlo porque siento que tiene trampa: ¿y tú qué?

¿De verdad creemos que tenemos que sufrir para merecer algo bueno? ¿Hay que esperar a «ganarse» la paz con uno mismo para decidir «vivir bien»? Rotundamente no. ¡Es al revés…!

Entiendo que me lo digan con todo el cariño, pero yo lo devuelvo con más amor todavía. Repito: ¿y tú qué?

¿No te mereces sentirte mejor sin ningún motivo, por el mero hecho de sentirte bien? ¿Crees que alguien o algo va a saber mejor que tú lo que necesitas y cuándo? ¿Cuál es tu criterio para «merecerlo»? ¿Te concederás algún día el honor de alcanzarlo?

Como buena aprendiz de humana, he lamentado MIL veces no haberme dicho esto antes. Paradójicamente, no hace mucho entendí que para liberarme (en parte) del sufrimiento debía pasar por él. Eckart Tolle, de nuevo, lo resume como un maestro: «El sufrimiento es necesario hasta que entiendes que no lo es».

No sé si merezco algo, ni bueno ni malo: ¿quién se supone que puede juzgarlo? Lo que quiero es estar como yo he decidido. Qué duda cabe de que voy a lograrlo. Y si yo puedo, cualquiera puede.

#esgritos

No es un lujo:

Respirar aire limpio.
Vivir junto al mar.
Tumbarte al sol en la playa después de comer con las olas. Como algo habitual.
Elegir cuándo y cómo trabajas.
Rodearte de calma.
Escuchar el silencio.
Dedicarte tiempo.
Hacer lo que te gusta.
Cumplir tus sueños.
Entender que vivir «con menos» es vivir MÁS.
Tomar decisiones que te beneficien. Que te hagan sentir bien. Llevarlas a cabo.
Vivir en paz.

Nada de esto es un lujo. Es una necesidad. Sea cual sea tu paz, ya huela a mar o a montaña, a pueblo o a ciudad, a soledad o a compañía: elígela.

#liverdad #esgritos

Siempre

Una de las cosas más fascinantes de tomar decisiones «insólitas» son las ondas expansivas de la colisión. Con los esquemas mentales propios, primero, pero especialmente con los de las personas a tu alrededor.

Que me haya mudado «al culo del mundo» (según lo ven algunos; ni de lejos para mí…) despierta dudas existenciales diversas entre quienes me rodean. Y aunque cuesta no tomárselo a la tremenda porque tú también tienes tus dudas, por supuesto, algo en ti lo tiene tan claro que solo lo puedes saborear. Así que observo, escucho y me río (mucho) de las preguntas que suelen hacerme, que coinciden, generalmente. No es una risa burlona: es de una ternura bestial.

✔ Sí, sé adónde me voy.

❌ No, no es por trabajo.

✔ Sí, es por amor. A mí misma.

❌ No, no me da miedo irme sola.

❌ No, no me voy a aburrir.

🤔 Puede pasarme cualquier cosa esté aquí o en Barcelona. No por ello voy a dejar de vivir. 😉

🦄 No, diría que la tramontana no puede volverme más loca.

🙃 No sé si echaré en falta cosas; me puede todo lo que tengo por descubrir.

Solo hay una pregunta, una, que me descoloca. Y no porque no tenga respuesta, sino porque ya no la puedo entender.

«¿Y te vas para siempre?».

Hace tiempo que mi relación con el «siempre» ha cambiado profundamente. Pero el cáncer le ha dado la vuelta de tuerca final.

No lo concibo. Ya no concibo el «siempre». Soy incapaz.

Quizá porque he visto tan de cerca la muerte que todo me parece efímero, y he vivido tantos cambios (no solo por la enfermedad) que pensarme mucho más allá del presente me parece ridículo. Hago planes, tengo proyectos, pero vivo casi al día. Y me dejo llevar, porque hoy estoy aquí y mañana, quién sabe.

Quizá ya no concibo el «siempre» porque me reconcilié con la muerte, y no necesito un lugar al que anclarme para poder escapar. Quizá con el «siempre» buscamos eso: la eternidad. Como dice Eckart Tolle, «siempre es ahora». La eternidad es presente. Si quieres vivir eternamente, vive hoy. Es todo lo que la vida puede ofrecerte.

#esgritos

Veranos

El primero fue un salto al vacío.
El segundo, un descalabro.
El tercero, un acto de fe.
El cuarto ha sido un milagro.

Me faltaban cuatro veranos. Por fin puedo irme a casa. El viaje ha sido muy largo.

📸 Agosto 2017.

#esgritos

Emprender no nos hará libres

Emprender no nos hará libres. Lo que nos hará libres será elegir. No las cosas que pasan, sino cómo queremos vivir.

Uno puede
ser autónomo,
ser empleado,
trabajar mucho,
trabajar poco,
no trabajar,
vivir en el campo o en la ciudad,
casarse o no casarse,
formar familia o ser su familia,
alquilar o hipotecarse,
vivir a débito o a crédito,
ser ambicioso o conformarse.
Y haga lo que haga, puede ser libre si eso es lo que elige. Si no se limita a resignarse. Y si tiene un motivo para levantarse.

Cuando eliges eres libre porque deshaces tus ataduras mentales. Ya no hay peros; hay motivos. Dejas de ser víctima de tus responsabilidades.

Y a elegir bien, ¿cómo se aprende? Siempre escuchándote. ¿Qué te pides?

#liverdad #esgritos

Gris

Hoy te he vuelto a ver y ya no quemas. Solo me das pena. Hasta te he cogido con cariño y te he tirado a la basura. Antes de que te pudrieras. ¿Y sabes qué? Resulta que eres reciclable. De hecho, estoy reconvirtiendo todo lo pérfido que hay en ti y es extraordinario. El resto va al gris, que es del mismo color que lo poco que queda de ti. Un gris claro u oscuro a ratos, según la luz, el ángulo de visión y cómo me levanto. Pero gris. La mezcla del negro y el blanco en su punto de equilibrio exacto. Insulso, neutro, mortecino y apagado. Gris ceniza, gris cielo, gris piedra, gris acera. Gris tristeza, gris lluvia, gris llanto. Gris ciudad, gris carretera, gris asfalto. Gris asfixia, gris olvido, gris maltrato. Gris de mierda, muerte en vida; gris y punto, al fin y al cabo. Nada que ver con el gris de la perla que llevo puliendo todos estos años. Una magia inalcanzable para un mago frustrado.

#ahítequedas #yomelargo

#esgritos

Ir a terapia

Soy editora. Cuando alguien me pregunta en qué consiste mi trabajo, suelo decir que mejoro la comunicación de los textos. De lo que no hablo a menudo es de cómo se hace eso, porque la conversación no suele ir más allá de las palabras. Sin embargo, pocas cosas en la vida me fascinan tanto: en realidad me dedico a la cartografía mental. Rediseño mapas.

Nuestra manera de comunicar está determinada por el mapa que tenemos del mundo: esa es nuestra realidad. Por eso hay tantas realidades como personas (y seres vivos, supongo), y por eso saber comunicarse es un arte y hacerse entender, un logro.

A lo que iba: ¿qué hace un editor? Un editor se aventura en un terreno inexplorado salvo por su único habitante, que es el autor. Y decide abrirse paso en la jungla (con permiso de quien la habita) para trazar un sendero lo más accesible posible…, ante todo, prescindiendo de mapas. Esa es la clave y por eso le pagan: por ver el terreno con ojos nuevos, guiándose por su conocimiento y su propia intuición. Con las herramientas necesarias, por supuesto. Pero sin mapa previo de la zona en cuestión.

«¿Y qué tiene que ver eso con ir a terapia?», te estarás preguntando. Pues tiene todo que ver. Cambia el texto por un atlas, que es lo que siempre llevas encima, y entenderás por qué ir al psicólogo es tan necesario como ir al oculista: porque ningún autor que se precie se autoedita (no te dejes engañar: editar y publicar son cosas distintas).

El terapeuta, como el editor, te brinda lo que difícilmente puedes darte tú mismo, que es perspectiva sobre tu vida. Porque él no tiene tus mapas y la ve, te ve, con la mirada limpia. Con la suya, claro, que tampoco es del todo nítida. Pero ya no es la tuya sobre ti mismo: hay un contraste. Y solo por eso ayuda consultarle. Los trazos borrosos, la leyenda incompleta o las zonas desiertas. Con el tiempo aprenderás que todo es cuestión de escala: cuanto más te alejas, más sentido cobra lo que el mapa representa.

Abrirle el atlas de tu vida a alguien es digno de halago; para pedirle que te ayude a editarlo, o estás muy cuerdo o estás desesperado. No llegues a lo segundo: te puede salir muy caro.

#esgritos

(Imagen de Psicosalud®)

Historia de una colilla…

Historia de una colilla y del mechero que era una cerilla

Recuerda la última calada como si fuera ayer. La que le dio antes de abocarla al cenicero y de ejercer una presión desconocida con el dedo. A ella, a quien le habían enseñado a quemar si hacía falta, pero nunca a ver venir al mechero.

¿Cómo llega una a colilla y se deja consumir? Creyéndose cigarrillo antes, por lo menos. Sabiéndolo o sin saberlo. Y creyendo que sin un mechero no tiene razón de existir.

A ella, que conocía el fuego, algo le decía que el calor no era aquello. Ella sabía de otra llama que no quemaba: iluminaba. Pero, a falta de luz en mitad de la nada, cualquier chispa sirvió. Y como quien vende un pulmón al tabaco, la futura colilla prendió.

Tan falta de aire andaría que su propio humo la oxigenaba. Un humo asqueroso, amarguísimo y tóxico que le nubló los pulmones, los ojos y el alma. Nada que ver tenía…, y aquello fue lo que la salvó.

No recuerda si fue el dolor, la podredumbre o la desesperación, pero algo en su interior le gritaba que se moría: era su corazón. El latido único de la intuición la advertía.

«Si no dejo de consumirme, me apagará. No sé si soy yo o es él, pero esto no puede ir conmigo. No recuerdo haber sido nunca un cigarrillo, por mucho que me lo hayan querido vender».

Aun así, aguantó. No era fácil soltar aquello a lo que en su día se aferró. Además, tenía miedo. Un miedo atroz. Los dedos aplastan, y los mecheros queman. Consumidísima ya, apenas tenía fuerzas.

Entonces, saltó. Sacó fuerzas de flaqueza y se rebeló. Aquello no podía ir con ella, era demasiado evidente; a aquel mechero el gas se le había subido a la cabeza. Y cuanto más se resistía a que la rematara, más ardía él. Como si le fuera la llama en ello. Como si al perder el control sobre ella fuera él quien se extinguiera.

Como toda historia que se precie, esta acabó junto al mar. Por suerte para la colilla, lo recordó justo a tiempo para saltar. Allí la esperaban las olas, en las que se recordaría. Aún tendría que nadar mucho, pero lo conseguiría.

Hoy a veces cree verlo tratando de incendiar la orilla. «Las olas no tememos al fuego —se dice—, y menos aún al de las cerillas».

#esgritos

(Ilustración de Nani Alameda)

Depende (II)

La inversión de tu vida será siempre en ti mismo, aunque parezca que vas a pérdidas desde el principio.

A veces llega un punto en el que darte la vuelta no es una opción. En el que ir(te), cambiar el sentido y sentirte se convierte en una obligación.

No sé de quién lo aprendí, pero me marcó: una inversión de pocos minutos al día recoloca el corazón por encima de la cabeza. Te da perspectiva.

Entre una operación y otra, me propuse volver a conseguirlo. Mi intención era clara: mandarle a mi cuerpo una señal inequívoca de que podía levantarse de nuevo sobre sí mismo. Después del shock séptico, fue todo un reto. Lo primero que hice en mi siguiente ingreso, apenas unas semanas después, fue tumbarme en la cama y ponerme del revés. Me reí mucho, por cierto…

Hace poco, los «jinetes en la tormenta» de @erratanaturaeeditores me invitaron a mirar atrás y me emocioné. Quizá en un atisbo de lo que supuso ponerme patas arriba desde el principio; algo que ahora, años más tarde, empiezo a sentir como la locura más cuerda que he cometido. Algo que casi me cuesta la vida entender.

Porque cuando «había que» correr para «volver» a la «normalidad» de mi vida, algo en mí sabía que necesitaba parar, y yo me resistía. Porque, a veces, «el movimiento más inteligente es detenerse». Y entonces —en cuatro palabras— llegó él.

No sé si el cáncer llegó para salvarme, pero a mí me ha salvado darle ese sentido. Y eso siempre he podido elegirlo. Que he tenido mucha suerte: también. Lo que me pregunto es si de quien vive con dignidad y liberado de sí mismo, cuando muere, se puede decir que ha perdido. Yo no lo diría nunca de Pau Donés ni de muchos otros que ya se han ido.

Sobre nosotros…, ojalá volvamos. A escucharnos. Nada es comparable porque cada universo es distinto. Pero en esencia somos humanos, y el aprendizaje es el mismo.

Somos sabios por naturaleza. Y sabemos que levantarnos de nuevo lo implica todo menos socavar el suelo. Muchos «queremos ser parte de lo imposible», y ya lo hacemos. Si la «nueva normalidad» se basa en la vieja, yo no la quiero. Yo quiero equilibrio en todos los sentidos, que es sinónimo de salud. Quiero una locura cuerda.

#esgritos

Depende (I)

Nada cambia más que uno mismo cuando se mira desde la perspectiva adecuada.

Es una sensación extraña: la de que otro se va por la misma puerta a la que tú asomaste sin cruzarla.

Nunca te seguí muy de cerca, pero, como muchos, te llevo dentro porque contigo vibré. Y porque, como para otros muchos, supongo, tus letras van cobrando para mí sentido conforme más vivo.

Dicen que nunca viviste el cáncer como una lucha, que convivías con él. Porque tenías cosas mejores que hacer que librar una guerra. Yo no lo hubiese descrito mejor, y mientras siga pisando esta tierra mantendré vivo el mensaje, porque es liberador.

Ojalá supiera transmitir con palabras todo lo que aprendo del cáncer, que no dejo de ser yo. Que no hay más lucha que la de aprender a rendirse, o la de desaprender a vivirse.

Cómo no acordarme de Freddie, que en su Innuendo de despedida tan bien lo resumió.

Cómo compartir la revelación que uno siente cuando de repente entiende que esto no va de ganar o perder, sino de ser. Y que quien teme a la muerte teme a la vida, cuando es lo mejor que nos pasará siempre.

No es resignación. Ni estoicismo, ni valor. No sé qué nombre ponerle; lo llamaré perspectiva. La que adoptas cuando decides ponerte patas arriba para volver a poner donde toca a tu corazón.

#gracias❤ #esgritos