Bitácora

Genio y figura

A veces me gustaría expresar con palabras todo lo que callo. Lo que mi alma grita cuando no hablo y hace mella en mí.

La incomprensión primera frente a un mundo hostil.

La rebeldía frustrada por el tú-no-sabes-yo-decido-por-ti.

La desesperación ahogada de quien corta lazos con la intuición para sobrevivir.

La vergüenza infinita, hoy ajena, de no ser quien se esperaba que fuera.

La injusticia de haberme encogido para entrar en la jaula.

El agotamiento mortal de darme sin límites para sentirme aceptada.

Toda la rabia que no me permití y me devoró a pedazos.

El dolor inconcebible de una despedida imposible.

La indescriptible tarea de coserme en retazos.

… Y sin embargo. A todo ello le debo tanto

como el coraje de seguir aquí, en la medida en que depende de mí;

la alegría de vivir que he cultivado en pleno desierto, del que ahora he hecho un prado;

lo que ahora cosecho, fruto de un ímprobo esfuerzo por tenderme la mano;

el saberme-a-mi-lado-y-dejar-de-huir.

Y cuando me quedo, ¿qué pasa?

En el sótano, una última caja. Desempolvo la lámpara mágica. Y no sé qué pedir.

Me hubiese gustado tenerlo tan claro como para no sufrir;

sacar el genio y reivindicarlo;

creer en mí como lo hace un gato:
sin pedir permiso,
porque yo lo valgo;

saber de antemano que genio y figura van de la mano. Y que es aunarse o morir.

Aguzo el oído. Es la lámpara susurrando: «La magia es llegar por tus propios pasos. Los sueños te indicarán dónde ir».

Invoco al genio de mi mundo olvidado y formulo el deseo, estímulo innato. Con uno me basta: sigo caminando. Y ya no ando lejos: sé que es por aquí.

#esgritos

Dos letras

Cuando todo es tan coherente que tú no lo entiendes.

Cuando nunca nada es suficiente, ni tú simplemente por ser como eres.

Cuando te miden por lo que (no) tienes.

Cuando quieres expresarte y no puedes.

Cuando te hacen dudar de quien eres.

Cuando te dicen que estás loca. Y que o estás de su parte o en contra.

Cuando sientes que ya no estás en ti. Y tu mirada es la más triste derrota.

Ahí. Cuando más cuesta y no te quedan fuerzas. Piensa que solo son dos letras. Y dite: «SÍ». Aunque no sepas a qué te aferras.

No hace falta que te las creas. Pero repítelas, solo por probar. Por romper sutilmente el esquema. Y poco a poco, verás.

La incoherencia en la que estás inmersa.

Que tú no eres el problema. Ni tu circunstancia vital.

Que expresarte es una necesidad.

Que tú siempre supiste quién eras.

Que quien te acusa tiene un problema. Y NO lo puedes ayudar.

Que puedes volver a ti si lo intentas. Pero tienes que dar media vuelta. Pedir ayuda. Y reaprender a mirar.

Quienes dijimos «hasta aquí» somos muchas. Mujeres y hombres: PERSONAS que un día apostamos al «SÍ». Y que pudimos estar muy jodidas, pero seguimos aquí.

Somos pruebas. Evidencias de que salir del abuso y el maltrato es posible, con apoyo y sabiéndonos firmes. A pesar de nuestra inmensa vulnerabilidad.

Hay una FUERZA que no sabes que tienes hasta que la ERES. Yo no sé de lo que él o ella es capaz, pero sí de lo que TÚ eres. Y te deseo de corazón ese día en el que miras atrás y,
aunque la herida sangra
y escuece,
te sonríes,
la limpias con una ternura infinita,
te robusteces
y te vuelves a abrir a amar.
Con La Gran Lección aprendida y asumiendo las que estén por llegar.

Y te enorgulleces de haber logrado el imposible equilibrio doctorándote en Ciencias del Funambulismo, el mismo día en que decides que tu vida ya no es un circo y que los payasos no tienen lugar.

Entonces descubres lo que todo payaso esconde: unas inconsolables ganas de llorar. Sabia como eres, los compadeces, a kilómetros de distancia de seguridad.

Ahora ya los hueles: a universos a la redonda. Has desatrofiado tu instinto: puedes volver a confiar. La vida te está esperando para demostrártelo. Disfrútala.

#esgritos

La libertad en verso

Hay un punto de inflexión en el duelo cuando aceptas que hay cosas que no superas jamás. Entonces puedes ampararte en la víctima o elegir transformar el vacío en una catapulta hacia la libertad.

Lo primero es muy fácil; solo hay que ser pasivo. Seguir la inercia del sufrimiento y dejarte mecer por la lástima de los demás. Es una estrategia básica de supervivencia que todos adoptamos en cierta medida al principio. Cuando algo duele hasta el infinito, necesitamos sentirnos arropados y comprendidos, expresar lo que sentimos para que no se nos quede dentro. Pocos entienden lo mucho que hacen «simplemente» con escuchar.

Lo segundo requiere dar un paso más y volver a mirar: la herida, el trauma, la propia mirada. Desempañar el cristal. Limpiar la suciedad. Romper la ventana. Arrancar la persiana. Y GRITAR. Gritar mucho. Gritar MÁS. La rabia, la impotencia, la injusticia, las ganas de hacer pagar lo impagable, todo lo que en su momento solo se pudo o se supo callar.

Entonces, el milagro sucede: uno empieza a ver lo que GANA donde solo veía lo que PIERDE. Y a los gritos de rabia se suman las carcajadas, casi indecentes, de quien siente correr por sus venas la VIDA. Y lo que el alma le pide es RUGIRLA.

Toda semilla alberga el árbol completo. Y el mayor estirón lo trae el aguacero. Cuando ya no existe la prisa, todo es cuestión de tiempo. Lo que necesitas ya lo llevas dentro: eres la semilla, el árbol, el fruto y el puto cosmos entero. Te conviertes en poesía: la libertad en verso. Deseando recitarte, te está esperando el universo.

#esgritos

La ola y el mar

Ponerse al servicio de lo vivido, especialmente cuando es traumático, se convierte muchas veces en el sentido que permite la remisión. Poder contarlo y compartir lo que se ha aprendido puede vivirse, entonces, como una misión o una maldición. Hasta que entiendes que poder decidirlo es una mera ilusión.

Vivir no es gratis, aunque no tenga precio. Subirse a la vida, aun sin haberlo elegido, implica formar parte de una fascinante red de energía que va y vuelve sin descanso, porque la vida es movimiento, y si algún sentido tiene —diría— es ser expresado. Un movimiento a menudo imperceptible: uno puede estar sentado y vibrar a la velocidad del rayo. Nada escapa, sin embargo, al sentido innato del corazón, que pese a los ridículos intentos por acallarlo siempre busca latir bien alto y acompasarse con otros de igual condición.

Vivir no es gratis, decía, porque la vida no te crea por amor al arte. O más bien sí, y lo que quiere es que la dejes modelarte y asumas tu parte: ser su canal. Porque estamos aquí para eso y ya está. Por eso nada, nada, nada es tan grave como haber olvidado esa verdad esencial. Esa herida que un día te impulsó a alejarte es la única que se puede sanar, porque es la que tira de todas las demás. El arte es lograrlo y honrar lo andado con la misma belleza que el camino te brinda, y que tan difícil es de explicar. Algo parecido a llegar a Santiago… en toda su eternidad.

Y mientras recuerdas verdades, no olvidas, pero empiezas a transformar todas las mentiras que tuviste que derribar. Porque era eso o no poder respirar. Y transformas también el impulso de desmentirlas, porque entiendes que ese camino de sabiduría y belleza infinitas es un regalo para cada cual. Así que sigues andando, pero a otro paso. La prisa ha desaparecido y ya no hay donde llegar: precisamente por eso disfrutas del caminar.

Y mientras caminas, ni te alejas ni te acercas: ahora tú eres tu punto de referencia, y en qué dirección vaya el mundo da igual. Ni siquiera vas a contracorriente porque de modas la vida no entiende: lo auténtico es excepcional.

Y poco a poco te desvaneces en beneficio de tu verdad, que expresa lo que has sido siempre: la ola… y el mar.

#esgritos

El Camino de Santiago: apuntes básicos en dos libros prácticos

Pocas sensaciones como las que transmite un peregrino al compartir, a su vuelta, sus vivencias en el Camino. Innumerables las ocasiones en que los oyentes, fascinados, ya han pensado ―más o menos en serio― en «hacerlo algún día», y en las que ese día aún no ha llegado.

Una servidora ha perdido la cuenta de las veces en que conocidos, familiares y amigos le han confesado sus miedos y dudas, alias excusas, para dar el primer paso. Y como una misma los tuvo, comprende perfectamente la necesidad de ir «sobre seguro»: El Camino de Santiago…, ¿de qué va? ¿Dónde está? Pero ¿cuántas rutas hay? ¿Y cuál hago? ¿Dónde empieza? ¿Cuánto tardas? ¿Cuánto cuesta? ¿Qué necesitas? ¿Dónde duermes? ¿Cómo te preparas? ¡¿Y si te pierdes?!

Cierto es que, después, uno se da cuenta de que no era para tanto. Pero en ese momento desconoce demasiado, y requiere un empujoncito con información básica de primera mano. ¿Cuántos caminos no se habrán vivido por no haberlo recibido? Estremece pensarlo, pues la experiencia lo merece. Y a pesar del manido «en internet está todo», los románticos resistimos: no hay nada como un buen libro. O sí: dos. Y de reputada pluma: mejor que mejor.

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La voz

Lo reconozco: aún te siento. A veces. Las menos, pero son. Como una arruga persistente en el tejido del corazón.

No hace mucho se me ocurrió un truco: por cambiar, probé a escucharte. Nunca lo había logrado. Me faltaba tiempo para juzgarte. Por inercia, como tú haces. Pues esta vez no. Y aprendí algo muy importante: la mejor manera de acallar una voz de mierda es dejarla expresarse. Sin argumentos. Para que caigan por su propio peso.

«¿Qué más?», respondí a cada hachazo. Tú pensabas que me astillabas; yo sabía que estaba brotando. A cada golpe, yo me abría paso. Talaste el tronco, pero no el árbol. Eres como una arruga por viejo, pero ser viejo no te hace sabio.

Sabiduría es sentir que formas parte de mí e integrarlo. Convivir. Frente al terreno estéril, renacer al lado. Del tronco cortado. Y seguir creciendo más allá de mi cuerpo. Observándote sin temerte. Llevándote yo de la mano. Aceptando que me acompañas. Y que me has hecho muchísimo daño. Pero ya no me arrastras. Ni yo tiro de ti. Eres la sombra que camina a mi paso. Yo decido cuál es. Tú vienes después. En adelante es así.

Ya no hay abismos, ni agujeros, ni barrancos. Me asomé al peligro lo necesario para apreciar el sentirme a salvo. He apagado todos los fuegos. He acallado gran parte del ruido. Me he entregado al caos ordenado. Aún huele a quemado; hay interferencias; tengo sobresaltos. Pero la vida sigue de cualquier forma posible, y aún me quiere aquí. Así. Remendada y vuelta del revés como un calcetín desparejado; viviendo según aprendo y como nunca me enseñaron. Libre. Salvaje. Feliz.

De nada me alegro tanto como de haber saltado de aquel tren en marcha, con todos los apesardes. Entonces no lo sabía, pero sentía que necesitaba encontrarte, ponerte límites, afirmarme. He hecho lo más difícil: sobrevivirme. Ahora voy a regalarme.

#esgritos