Esto no es una foto

Esto es una foto de mierda.

Esto es una foto de mierda para todo lo que representa.

Porque no es una foto.

Es un directo de derecha en todos los morros.

Un corte de manga hasta el hombro.

Un hacer por fin oídos sordos.

Un tirarse de cabeza hasta el fondo.

Un renovarse y morir.

Es un voyahacertodolocontrariodeloquemedicelaputavozenmicabezaporquenecesitosacarladeunavezdemí.

Es un estoesportodaslasvecesquemehicisteissentirquenovalíahastaquemelocreí.

Es un nuncasabréiseldañoquemehicisteisnioslopiensodecir.

Es un voyasermásinteligenteyacrearhastaquerevienteprecisamenteporloquemivientreyanopuedecrearpormí.

Esto es lo mínimo que merece el clickamino al dar sus primeros pasitos. Esto y decir: PUES SÍ.

PUES SÍ tiene sentido fotografiar juguetitos.

PUES SÍ pienso hacer algo con ello, o más bien ello conmigo.

PUES SÍ tendré que mudarme cuando ya no me quepan los clicks.

PUES SÍ son reales los personajes. Y todos hablan por mí.

PUES SÍ es una puta obra de arte.

Porque ni son fotos ni son juguetitos. Son las imágenes que me ayudan a contarme la historia de la que nunca he podido enterarme.

Porque el arte es construir en lugar de matar o morir para intentar transformar un dolor inconmensurable. Qué duda cabe de que la belleza nace de ahí.

Porque sembrar en mitad del desierto en plena tormenta tiene un premio inigualable: del mínimo brote aflora un vergel. Y ya nunca, jamás, pasas sed. Ni calor ni frío ni hambre.

Aunque por inercia todavía sientas que te falta el aire.

Aunque tengas que convencer a tu cuerpo por todos los medios de que ya pasó, ya puede relajarse.

Aunque te haya costado la vida llegar hasta aquí.

Te dices: el último empujón. Solo un poco más. Paso a paso. Aquí, ahora. Hoy. Adelante.

Y le cuentas al mar que te vas tierra adentro y que volverás. Y que todo es por el paseo que os prometisteis nada más llegar.

Y escuchas por fin el silencio, cargado de todo lo que quieres gritar: el desgarro, la impotencia, la ansiedad. La epidemia silenciosa de base de toda enfermedad.

Está claro que tenemos que hablar. Pero sobre todo escuchar. Al niño que seguimos siendo. Para que pase de juzgarse a jugar. Nos lo debemos. Como puta absoluta prioridad.