Genio y figura

A veces me gustaría expresar con palabras todo lo que callo. Lo que mi alma grita cuando no hablo y hace mella en mí.

La incomprensión primera frente a un mundo hostil.

La rebeldía frustrada por el tú-no-sabes-yo-decido-por-ti.

La desesperación ahogada de quien corta lazos con la intuición para sobrevivir.

La vergüenza infinita, hoy ajena, de no ser quien se esperaba que fuera.

La injusticia de haberme encogido para entrar en la jaula.

El agotamiento mortal de darme sin límites para sentirme aceptada.

Toda la rabia que no me permití y me devoró a pedazos.

El dolor inconcebible de una despedida imposible.

La indescriptible tarea de coserme en retazos.

… Y sin embargo. A todo ello le debo tanto

como el coraje de seguir aquí, en la medida en que depende de mí;

la alegría de vivir que he cultivado en pleno desierto, del que ahora he hecho un prado;

lo que ahora cosecho, fruto de un ímprobo esfuerzo por tenderme la mano;

el saberme-a-mi-lado-y-dejar-de-huir.

Y cuando me quedo, ¿qué pasa?

En el sótano, una última caja. Desempolvo la lámpara mágica. Y no sé qué pedir.

Me hubiese gustado tenerlo tan claro como para no sufrir;

sacar el genio y reivindicarlo;

creer en mí como lo hace un gato:
sin pedir permiso,
porque yo lo valgo;

saber de antemano que genio y figura van de la mano. Y que es aunarse o morir.

Aguzo el oído. Es la lámpara susurrando: «La magia es llegar por tus propios pasos. Los sueños te indicarán dónde ir».

Invoco al genio de mi mundo olvidado y formulo el deseo, estímulo innato. Con uno me basta: sigo caminando. Y ya no ando lejos: sé que es por aquí.

#esgritos