La libertad en verso

Hay un punto de inflexión en el duelo cuando aceptas que hay cosas que no superas jamás. Entonces puedes ampararte en la víctima o elegir transformar el vacío en una catapulta hacia la libertad.

Lo primero es muy fácil; solo hay que ser pasivo. Seguir la inercia del sufrimiento y dejarte mecer por la lástima de los demás. Es una estrategia básica de supervivencia que todos adoptamos en cierta medida al principio. Cuando algo duele hasta el infinito, necesitamos sentirnos arropados y comprendidos, expresar lo que sentimos para que no se nos quede dentro. Pocos entienden lo mucho que hacen «simplemente» con escuchar.

Lo segundo requiere dar un paso más y volver a mirar: la herida, el trauma, la propia mirada. Desempañar el cristal. Limpiar la suciedad. Romper la ventana. Arrancar la persiana. Y GRITAR. Gritar mucho. Gritar MÁS. La rabia, la impotencia, la injusticia, las ganas de hacer pagar lo impagable, todo lo que en su momento solo se pudo o se supo callar.

Entonces, el milagro sucede: uno empieza a ver lo que GANA donde solo veía lo que PIERDE. Y a los gritos de rabia se suman las carcajadas, casi indecentes, de quien siente correr por sus venas la VIDA. Y lo que el alma le pide es RUGIRLA.

Toda semilla alberga el árbol completo. Y el mayor estirón lo trae el aguacero. Cuando ya no existe la prisa, todo es cuestión de tiempo. Lo que necesitas ya lo llevas dentro: eres la semilla, el árbol, el fruto y el puto cosmos entero. Te conviertes en poesía: la libertad en verso. Deseando recitarte, te está esperando el universo.

#esgritos