La voz

Lo reconozco: aún te siento. A veces. Las menos, pero son. Como una arruga persistente en el tejido del corazón.

No hace mucho se me ocurrió un truco: por cambiar, probé a escucharte. Nunca lo había logrado. Me faltaba tiempo para juzgarte. Por inercia, como tú haces. Pues esta vez no. Y aprendí algo muy importante: la mejor manera de acallar una voz de mierda es dejarla expresarse. Sin argumentos. Para que caigan por su propio peso.

«¿Qué más?», respondí a cada hachazo. Tú pensabas que me astillabas; yo sabía que estaba brotando. A cada golpe, yo me abría paso. Talaste el tronco, pero no el árbol. Eres como una arruga por viejo, pero ser viejo no te hace sabio.

Sabiduría es sentir que formas parte de mí e integrarlo. Convivir. Frente al terreno estéril, renacer al lado. Del tronco cortado. Y seguir creciendo más allá de mi cuerpo. Observándote sin temerte. Llevándote yo de la mano. Aceptando que me acompañas. Y que me has hecho muchísimo daño. Pero ya no me arrastras. Ni yo tiro de ti. Eres la sombra que camina a mi paso. Yo decido cuál es. Tú vienes después. En adelante es así.

Ya no hay abismos, ni agujeros, ni barrancos. Me asomé al peligro lo necesario para apreciar el sentirme a salvo. He apagado todos los fuegos. He acallado gran parte del ruido. Me he entregado al caos ordenado. Aún huele a quemado; hay interferencias; tengo sobresaltos. Pero la vida sigue de cualquier forma posible, y aún me quiere aquí. Así. Remendada y vuelta del revés como un calcetín desparejado; viviendo según aprendo y como nunca me enseñaron. Libre. Salvaje. Feliz.

De nada me alegro tanto como de haber saltado de aquel tren en marcha, con todos los apesardes. Entonces no lo sabía, pero sentía que necesitaba encontrarte, ponerte límites, afirmarme. He hecho lo más difícil: sobrevivirme. Ahora voy a regalarme.

#esgritos