Gris

Hoy te he vuelto a ver y ya no quemas. Solo me das pena. Hasta te he cogido con cariño y te he tirado a la basura. Antes de que te pudrieras. ¿Y sabes qué? Resulta que eres reciclable. De hecho, estoy reconvirtiendo todo lo pérfido que hay en ti y es extraordinario. El resto va al gris, que es del mismo color que lo poco que queda de ti. Un gris claro u oscuro a ratos, según la luz, el ángulo de visión y cómo me levanto. Pero gris. La mezcla del negro y el blanco en su punto de equilibrio exacto. Insulso, neutro, mortecino y apagado. Gris ceniza, gris cielo, gris piedra, gris acera. Gris tristeza, gris lluvia, gris llanto. Gris ciudad, gris carretera, gris asfalto. Gris asfixia, gris olvido, gris maltrato. Gris de mierda, muerte en vida; gris y punto, al fin y al cabo. Nada que ver con el gris de la perla que llevo puliendo todos estos años. Una magia inalcanzable para un mago frustrado.

#ahítequedas #yomelargo

#esgritos

Ir a terapia

Soy editora. Cuando alguien me pregunta en qué consiste mi trabajo, suelo decir que mejoro la comunicación de los textos. De lo que no hablo a menudo es de cómo se hace eso, porque la conversación no suele ir más allá de las palabras. Sin embargo, pocas cosas en la vida me fascinan tanto: en realidad me dedico a la cartografía mental. Rediseño mapas.

Nuestra manera de comunicar está determinada por el mapa que tenemos del mundo: esa es nuestra realidad. Por eso hay tantas realidades como personas (y seres vivos, supongo), y por eso saber comunicarse es un arte y hacerse entender, un logro.

A lo que iba: ¿qué hace un editor? Un editor se aventura en un terreno inexplorado salvo por su único habitante, que es el autor. Y decide abrirse paso en la jungla (con permiso de quien la habita) para trazar un sendero lo más accesible posible…, ante todo, prescindiendo de mapas. Esa es la clave y por eso le pagan: por ver el terreno con ojos nuevos, guiándose por su conocimiento y su propia intuición. Con las herramientas necesarias, por supuesto. Pero sin mapa previo de la zona en cuestión.

«¿Y qué tiene que ver eso con ir a terapia?», te estarás preguntando. Pues tiene todo que ver. Cambia el texto por un atlas, que es lo que siempre llevas encima, y entenderás por qué ir al psicólogo es tan necesario como ir al oculista: porque ningún autor que se precie se autoedita (no te dejes engañar: editar y publicar son cosas distintas).

El terapeuta, como el editor, te brinda lo que difícilmente puedes darte tú mismo, que es perspectiva sobre tu vida. Porque él no tiene tus mapas y la ve, te ve, con la mirada limpia. Con la suya, claro, que tampoco es del todo nítida. Pero ya no es la tuya sobre ti mismo: hay un contraste. Y solo por eso ayuda consultarle. Los trazos borrosos, la leyenda incompleta o las zonas desiertas. Con el tiempo aprenderás que todo es cuestión de escala: cuanto más te alejas, más sentido cobra lo que el mapa representa.

Abrirle el atlas de tu vida a alguien es digno de halago; para pedirle que te ayude a editarlo, o estás muy cuerdo o estás desesperado. No llegues a lo segundo: te puede salir muy caro.

#esgritos

(Imagen de Psicosalud®)

Historia de una colilla…

Historia de una colilla y del mechero que era una cerilla

Recuerda la última calada como si fuera ayer. La que le dio antes de abocarla al cenicero y de ejercer una presión desconocida con el dedo. A ella, a quien le habían enseñado a quemar si hacía falta, pero nunca a ver venir al mechero.

¿Cómo llega una a colilla y se deja consumir? Creyéndose cigarrillo antes, por lo menos. Sabiéndolo o sin saberlo. Y creyendo que sin un mechero no tiene razón de existir.

A ella, que conocía el fuego, algo le decía que el calor no era aquello. Ella sabía de otra llama que no quemaba: iluminaba. Pero, a falta de luz en mitad de la nada, cualquier chispa sirvió. Y como quien vende un pulmón al tabaco, la futura colilla prendió.

Tan falta de aire andaría que su propio humo la oxigenaba. Un humo asqueroso, amarguísimo y tóxico que le nubló los pulmones, los ojos y el alma. Nada que ver tenía…, y aquello fue lo que la salvó.

No recuerda si fue el dolor, la podredumbre o la desesperación, pero algo en su interior le gritaba que se moría: era su corazón. El latido único de la intuición la advertía.

«Si no dejo de consumirme, me apagará. No sé si soy yo o es él, pero esto no puede ir conmigo. No recuerdo haber sido nunca un cigarrillo, por mucho que me lo hayan querido vender».

Aun así, aguantó. No era fácil soltar aquello a lo que en su día se aferró. Además, tenía miedo. Un miedo atroz. Los dedos aplastan, y los mecheros queman. Consumidísima ya, apenas tenía fuerzas.

Entonces, saltó. Sacó fuerzas de flaqueza y se rebeló. Aquello no podía ir con ella, era demasiado evidente; a aquel mechero el gas se le había subido a la cabeza. Y cuanto más se resistía a que la rematara, más ardía él. Como si le fuera la llama en ello. Como si al perder el control sobre ella fuera él quien se extinguiera.

Como toda historia que se precie, esta acabó junto al mar. Por suerte para la colilla, lo recordó justo a tiempo para saltar. Allí la esperaban las olas, en las que se recordaría. Aún tendría que nadar mucho, pero lo conseguiría.

Hoy a veces cree verlo tratando de incendiar la orilla. «Las olas no tememos al fuego —se dice—, y menos aún al de las cerillas».

#esgritos

(Ilustración de Nani Alameda)

Depende (II)

La inversión de tu vida será siempre en ti mismo, aunque parezca que vas a pérdidas desde el principio.

A veces llega un punto en el que darte la vuelta no es una opción. En el que ir(te), cambiar el sentido y sentirte se convierte en una obligación.

No sé de quién lo aprendí, pero me marcó: una inversión de pocos minutos al día recoloca el corazón por encima de la cabeza. Te da perspectiva.

Entre una operación y otra, me propuse volver a conseguirlo. Mi intención era clara: mandarle a mi cuerpo una señal inequívoca de que podía levantarse de nuevo sobre sí mismo. Después del shock séptico, fue todo un reto. Lo primero que hice en mi siguiente ingreso, apenas unas semanas después, fue tumbarme en la cama y ponerme del revés. Me reí mucho, por cierto…

Hace poco, los «jinetes en la tormenta» de @erratanaturaeeditores me invitaron a mirar atrás y me emocioné. Quizá en un atisbo de lo que supuso ponerme patas arriba desde el principio; algo que ahora, años más tarde, empiezo a sentir como la locura más cuerda que he cometido. Algo que casi me cuesta la vida entender.

Porque cuando «había que» correr para «volver» a la «normalidad» de mi vida, algo en mí sabía que necesitaba parar, y yo me resistía. Porque, a veces, «el movimiento más inteligente es detenerse». Y entonces —en cuatro palabras— llegó él.

No sé si el cáncer llegó para salvarme, pero a mí me ha salvado darle ese sentido. Y eso siempre he podido elegirlo. Que he tenido mucha suerte: también. Lo que me pregunto es si de quien vive con dignidad y liberado de sí mismo, cuando muere, se puede decir que ha perdido. Yo no lo diría nunca de Pau Donés ni de muchos otros que ya se han ido.

Sobre nosotros…, ojalá volvamos. A escucharnos. Nada es comparable porque cada universo es distinto. Pero en esencia somos humanos, y el aprendizaje es el mismo.

Somos sabios por naturaleza. Y sabemos que levantarnos de nuevo lo implica todo menos socavar el suelo. Muchos «queremos ser parte de lo imposible», y ya lo hacemos. Si la «nueva normalidad» se basa en la vieja, yo no la quiero. Yo quiero equilibrio en todos los sentidos, que es sinónimo de salud. Quiero una locura cuerda.

#esgritos

Depende (I)

Nada cambia más que uno mismo cuando se mira desde la perspectiva adecuada.

Es una sensación extraña: la de que otro se va por la misma puerta a la que tú asomaste sin cruzarla.

Nunca te seguí muy de cerca, pero, como muchos, te llevo dentro porque contigo vibré. Y porque, como para otros muchos, supongo, tus letras van cobrando para mí sentido conforme más vivo.

Dicen que nunca viviste el cáncer como una lucha, que convivías con él. Porque tenías cosas mejores que hacer que librar una guerra. Yo no lo hubiese descrito mejor, y mientras siga pisando esta tierra mantendré vivo el mensaje, porque es liberador.

Ojalá supiera transmitir con palabras todo lo que aprendo del cáncer, que no dejo de ser yo. Que no hay más lucha que la de aprender a rendirse, o la de desaprender a vivirse.

Cómo no acordarme de Freddie, que en su Innuendo de despedida tan bien lo resumió.

Cómo compartir la revelación que uno siente cuando de repente entiende que esto no va de ganar o perder, sino de ser. Y que quien teme a la muerte teme a la vida, cuando es lo mejor que nos pasará siempre.

No es resignación. Ni estoicismo, ni valor. No sé qué nombre ponerle; lo llamaré perspectiva. La que adoptas cuando decides ponerte patas arriba para volver a poner donde toca a tu corazón.

#gracias❤ #esgritos

Mi balcón

Este es mi balcón. Desde hace unas semanas, salgo todas las tardes y todas las mañanas a dar un paseo y a saludar y despedir al Sol. Mientras él recorre el cielo, yo le doy al cerebro, y cuando por fin asomo a mi balcón a verlo aprovecho para respirar y dejarme mecer, a lo lejos, por las olas del mar.

Mi balcón no está en casa: es mi casa. Donde me recuerdo. Y cada vez tengo más claro que, vaya donde vaya, lo llevaré puesto.

Las ganas, llenas. El corazón, ligero.

Ya somos más. Ya sobra menos.

#esgritos

Echar de menos

Creo que estoy aprendiendo a diferenciar entre echar de menos y tener ganas. Y que hay pocas cosas que te acerquen más a la libertad.

Quizá porque, hace tiempo, lo mismo que me impulsó a volver a sentir para sobrevivir me requiere ahora que deje de hacerlo. Con el mismo propósito. Por otro tiempo.

O quizá porque realmente nada importa mucho ya. Porque nunca nada importó tanto más allá de las fronteras de nuestro propio mapa mental.

También estoy aprendiendo, o lo intento, a ver como un regalo lo que aún siento como un precio. Y me pregunto dónde está la delgada línea entre elegir y no elegir cuando decides ciertas cosas para poder seguir viviendo.

Porque en esos momentos, si de verdad te escuchas, no eliges tú. Ni, en definitiva, sientes que estés pagando un precio. Te tomas como un regalo todo lo que el Camino te sigue ofreciendo, que deja de ser bueno o malo. Lo ves con otros ojos porque por fin estás despierto.

A veces me pregunto qué es echar de menos. Y cuanto más me lo pregunto, menos echo en falta y más ganas tengo. Me pregunto también si uno puede echar de menos lo que no pasó ni pasará nunca. O si lo hace solo quien sigue viviendo en sueños.

Lo único que saco en claro es la sensación. De que algo te falta, de que su esencia te llama, de que sois dos olas de la misma agua. Y entonces entiendo que solo te echo de menos a ti, cuando estamos lejos.

#esgritos

El otro barrio

El otro barrio. ¿Sabéis dónde es?

Hace un año casi me mudo. Pocas semanas después de que me diagnosticaran cáncer, soplé las velas más raras del mundo: ¿y si eran las últimas?, me pregunté.

Qué duro.

Hay cosas en la vida que uno, para no derrumbarse, elige no sentir. O lo elige, o no puede, porque en ese momento hay demasiado en juego. Como en un tiro libre o un penalti… eterno.

Decía que casi me mudo. Supongo que, conociéndome, me dije: ya puestos…, pues celebro los treinta y dos a lo grande. Por si este cumple es el último.

Así que me fui de fiesta. No escatimé en gastos: ambulancia con sirena, más pruebas para mí sola, operación de urgencia. Que no se diga que me he ido sin ver un quirófano, por favor. Calmantes en vena, gran surtido de antibióticos, morfina y algo más gordo. Al final pagué cara la juerga.

Nunca he tenido resaca, lo juro. Pero no puede ser peor que eso. Aunque por suerte no recuerdo mucho. Lo justo: shock séptico.

Hoy vuelvo a ver ese suelo, del que me alcé otra vez no sé cómo, y solo puedo sentir un profundo y estremecedor agradecimiento. Soy incapaz de contar todas las manos que me sostuvieron en aquellos momentos, desde la ambulancia hasta que me dieron el alta, pero sé que fueron muchas (y las que me quedan y me quedaban). Todavía las siento porque aún me acompañan.

Hoy recuerdo como puedo esa uci en la que pasé tres días o cuatro y pienso en la suerte que tuve y que tengo. No quiero ni imaginar cómo estará ahora aquello.

Hoy, en pleno confinamiento, me digo que la libertad está dentro, y cada célula de mi cuerpo agradece los veintidós días que pasé allí metida, sin que me diera el aire. Esa línea, la del suelo, era la frontera con «la otra dimensión», la del ala opuesta a la de mi encierro. El día que bajé andando hasta el sótano (¡¡en pantalón!!) fue mi mayor éxito.

Hace un año visité el otro barrio, pero me queda muy lejos (espero). GRACIAS, Hospital Clínic y Hospital de Mataró, por traerme de vuelta a casa. Y a todo el personal sanitario. Quién quiere héroes teniendo HUMANOS. #GRACIAS❤

#esgritos

Cáncer

Hoy hace un año que me diagnosticaron cáncer. La historia da para mucho; no lo dudéis: la compartiré.

No soy de dar consejos, pero en esta ocasión lo haré. Si puedo ofrecer algunos después de casi no contarlo, me quedo con tres:

1. Gestiona adecuadamente tus emociones siempre. Y si no sabes, aprende.
2. Sé coherente con tus valores y con lo que eres.
3. Haz lo que haga falta para recordar (si lo has olvidado) lo que de verdad te mueve.

En un concepto y dos palabras, educación emocional. LA EDUCACIÓN PARA LA VIDA ES FUNDAMENTAL.

Si puedo dar una receta (la mía) para salir adelante, probablemente esta sea la base. Con un añadido importante: date cuenta de que nada, absolutamente nada, es tan grave. Ni siquiera morirse. La vida seguirá aunque no estés; procura ser mientras estás, porque esa será la huella que dejarás. Al final serás aquello por lo que te recordarán.

Toda enfermedad es una lección de humildad tremenda; estamos aquí al servicio de la vida, y si algo tenemos que hacer es dejar que se exprese nuestra esencia. Volver a escucharla y sentirla me ha salvado la vida; ¿cómo no voy a compartirla?

Toda vuestra; toda mía.

Míriam

#esgritos

GRACIAS (III)

GRACIAS por RESPETARNOS. Por haber aprendido a RESPETAR nuestros procesos, nuestros duelos y nuestros ritmos. Gracias por adaptarnos a ellos en lugar de intentar cambiarlos.
GRACIAS por dejar de resistirte y de hacerte de año.
GRACIAS por darte cuenta de que nunca temimos al error, sino a quienes éramos al juzgarnos.
GRACIAS por abrazar a esa parte de ti. GRACIAS por abrazarme.
GRACIAS por brindarnos compañeros de camino realmente EXTRAORDINARIOS.

GRACIAS, infinitas y eternas GRACIAS por ser tú. Por ser yo. Por ser quienes somos. E ir de la mano.
GRACIAS por agradecernos por fin todo esto. Gracias de antemano por seguir haciéndolo.
GRACIAS por habernos llevado a recorrer el camino de nuestra vida. GRACIAS por habérnoslo REGALADO.



GRACIAS por publicar esto más de un año después, escrito aún sin saber todo lo que habría que agradecer, porque significa que seguimos andando.

#esgritos