Depende (I)

Nada cambia más que uno mismo cuando se mira desde la perspectiva adecuada.

Es una sensación extraña: la de que otro se va por la misma puerta a la que tú asomaste sin cruzarla.

Nunca te seguí muy de cerca, pero, como muchos, te llevo dentro porque contigo vibré. Y porque, como para otros muchos, supongo, tus letras van cobrando para mí sentido conforme más vivo.

Dicen que nunca viviste el cáncer como una lucha, que convivías con él. Porque tenías cosas mejores que hacer que librar una guerra. Yo no lo hubiese descrito mejor, y mientras siga pisando esta tierra mantendré vivo el mensaje, porque es liberador.

Ojalá supiera transmitir con palabras todo lo que aprendo del cáncer, que no dejo de ser yo. Que no hay más lucha que la de aprender a rendirse, o la de desaprender a vivirse.

Cómo no acordarme de Freddie, que en su Innuendo de despedida tan bien lo resumió.

Cómo compartir la revelación que uno siente cuando de repente entiende que esto no va de ganar o perder, sino de ser. Y que quien teme a la muerte teme a la vida, cuando es lo mejor que nos pasará siempre.

No es resignación. Ni estoicismo, ni valor. No sé qué nombre ponerle; lo llamaré perspectiva. La que adoptas cuando decides ponerte patas arriba para volver a poner donde toca a tu corazón.

#gracias❤ #esgritos

El otro barrio

El otro barrio. ¿Sabéis dónde es?

Hace un año casi me mudo. Pocas semanas después de que me diagnosticaran cáncer, soplé las velas más raras del mundo: ¿y si eran las últimas?, me pregunté.

Qué duro.

Hay cosas en la vida que uno, para no derrumbarse, elige no sentir. O lo elige, o no puede, porque en ese momento hay demasiado en juego. Como en un tiro libre o un penalti… eterno.

Decía que casi me mudo. Supongo que, conociéndome, me dije: ya puestos…, pues celebro los treinta y dos a lo grande. Por si este cumple es el último.

Así que me fui de fiesta. No escatimé en gastos: ambulancia con sirena, más pruebas para mí sola, operación de urgencia. Que no se diga que me he ido sin ver un quirófano, por favor. Calmantes en vena, gran surtido de antibióticos, morfina y algo más gordo. Al final pagué cara la juerga.

Nunca he tenido resaca, lo juro. Pero no puede ser peor que eso. Aunque por suerte no recuerdo mucho. Lo justo: shock séptico.

Hoy vuelvo a ver ese suelo, del que me alcé otra vez no sé cómo, y solo puedo sentir un profundo y estremecedor agradecimiento. Soy incapaz de contar todas las manos que me sostuvieron en aquellos momentos, desde la ambulancia hasta que me dieron el alta, pero sé que fueron muchas (y las que me quedan y me quedaban). Todavía las siento porque aún me acompañan.

Hoy recuerdo como puedo esa uci en la que pasé tres días o cuatro y pienso en la suerte que tuve y que tengo. No quiero ni imaginar cómo estará ahora aquello.

Hoy, en pleno confinamiento, me digo que la libertad está dentro, y cada célula de mi cuerpo agradece los veintidós días que pasé allí metida, sin que me diera el aire. Esa línea, la del suelo, era la frontera con «la otra dimensión», la del ala opuesta a la de mi encierro. El día que bajé andando hasta el sótano (¡¡en pantalón!!) fue mi mayor éxito.

Hace un año visité el otro barrio, pero me queda muy lejos (espero). GRACIAS, Hospital Clínic y Hospital de Mataró, por traerme de vuelta a casa. Y a todo el personal sanitario. Quién quiere héroes teniendo HUMANOS. #GRACIAS❤

#esgritos